José María García Lahiguera (1903-1989)

José María García Lahiguera (1903-1989)

Nacido y bautizado en Fitero (Navarra) en 1903,  encontró en el ambiente sano y  alegre de su familia cristiana, de su pueblo y de su parroquia, el medio propicio donde la tierna semilla de su vocación fue germinando como la cosa más natural.

A los diez años ingresó en el seminario de Tudela. Su familia tuvo que cambiar de residencia, por lo cual él también se trasladó al seminario de Madrid. Allí destacó por su piedad, su aplicación y su jovialidad. Cumplir la voluntad de Dios, amar a Jesucristo y a la Virgen, perseguir la santidad, eran las consignas que orientaban todos sus esfuerzos de seminarista. Allí se fueron perfilando los rasgos de su fisonomía espiritual, recia y tierna a la vez, fundada toda ella en la palabra de Dios; alimentada en la sagrada teología y en la más pura tradición ascético–mística de la Iglesia.

Después de su ordenación sacerdotal en 1926, continuó residiendo en el seminario, primero como profesor y prefecto de externos y, sucesivamente, como director espiritual de menores y de mayores. A través de su dedicación, tan entregada, a las tareas formativas de los futuros sacerdotes, adquirió una gran experiencia en la dirección de las almas y se fue imponiendo como maestro en los caminos del espíritu. Mons. José María García Lahiguera pasó gran parte de su vida en el seminario y tanto de sacerdote como luego de obispo trabajó y se preocupó por él de una manera entrañable.

Enseñará una doctrina diáfana, expuesta con sencillez y profundidad. Su eje es Cristo, y éste Sacerdote. Su ideal, “ser como Él”. Se sabe incorporado desde el bautismo a Cristo, y durante toda su vida manifestará una inmensa gratitud por la gracia de este sacramento que le hizo hijo de Dios, destinado a tributar a su Padre celestial un culto lleno de amor. Así lo expresa en su Diario espiritual: “Hace setenta y tres años, la gracia del Bautismo limpió mi alma. Recibí el espíritu de adopción, por el cual puedo decir: Dios es mi Padre: soy hijo de  Dios. La gracia santificante, con su cortejo de dones y virtudes infusas,  transformó mi alma, a donde vinieron e hicieron morada, las Tres Divinas Personas. Hasta mi cuerpo quedó convertido en Templo del Espíritu Santo”.

En el bautismo encuentra el germen de esa llamada a ir transformándose en una perfecta imagen del Hijo amado. El tema de la divinización (el hacerse dei-formes) figurará entre sus preferidos. Insistía en la necesidad de una plena docilidad al Espíritu Santo, artista divino encargado de realizar tal obra, y en la fiel colaboración del alma. Sí: colaborar en serio era, sin duda, lo que deseaba D. José María: “No tengo más que una obsesión, os lo digo de verdad: no merece la pena nada en la vida más que la santidad”.

Y explicando la gracia de la filiación divina, viene a unirla con la participación en el único sacerdocio de Cristo. La actitud sacerdotal es una actitud filial, puesto que Cristo, con su sacerdocio, sacrificio y victimación, ha alcanzado al hombre la gracia de ser, como Él, hijo de Dios: la gracia de la filiación divina. Ya no tendrá el hombre, como hombre, la posibilidad de dar gloria al Padre a secas, como un elemento del universo, “por Cristo, con Cristo y en Cristo”;
sino que se la dará como Cristo, es decir, como hijo. Todo cristiano, miembro del pueblo sacerdotal, ha de vivir esta realidad. Pero corresponde con un título especial al sacerdote, consagrado por el sacramento del orden, reproducir en su vida los rasgos del Hijo de Dios hecho hombre.

D. José María sabía bien que esta obra excelsa de la santidad sacerdotal no se realiza en un día. Había que empezar a trabajar a fondo ya desde los años de seminario y, además, era necesario implorar raudales de gracia divina. El mismo Cristo, que dotó a sus apóstoles de sus poderes, a la hora de darles su santidad (siendo precisa la colaboración de ellos) no tuvo otro camino sino pedirlo… y ofrecerse como víctima.

Tratando de imitar al Maestro, D. José María, ya antes de la guerra civil, se había ofrecido a Dios por esta intención, y también daba vueltas en su mente a la idea de una fundación de monjas de clausura con este fin. El 9 de marzo de 1936 redactaba unos apuntes en los que plasmaba lo que él intuía que Dios le movía a realizar a favor de la santidad sacerdotal: «…Y como la santidad es obra de la gracia, y ésta se alcanza con la oración, urge de un modo  apremiante lanzarse a una Cruzada ‘Pro Sacerdotio’, a base de oración y sacrificio. (…) Pero como se trata de hacer algo permanente y estable, como lo es el sacerdocio, y por tanto ha de ser continuo el pedir y sacrificarse por su santificación, y esto no se consigue cuando la labor la dirige o anima una sola persona, creo debe pedirse mucho a Nuestro Señor si conviene ir pensando en la fundación de una orden religiosa de monjas de clausura cuyo fin principal, por no decir exclusivo, había de ser la oración y el sacrificio por la santificación de los sacerdotes y seminaristas y cuya característica había de ser, además de los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, el  ofrecimiento solemne, público y oficial (esto es, con el mismo valor de las profesiones religiosas) de Víctimas por los sacerdotes y seminaristas”.

Pero fue en plena guerra civil cuando la Providencia le deparó el encuentro con la que habría de ser Madre Fundadora de aquella obra soñada: la joven de veinticuatro años María del Carmen Hidalgo de Caviedes. También ella sentía la llamada a consagrarse a Dios en una vida de oración y penitencia por la santificación de los sacerdotes y aspirantes al sacerdocio. Como conclusión de unos ejercicios espirituales, expuso a D. José María su proyecto, esperando de él la orientación para realizarlo, si existía en la Iglesia algún instituto con las características que ella buscaba.

Muchos años después (1968), fue el mismo D. José María quien puso por escrito los recuerdos de ese encuentro: «Me encuentro en el deber de escribir esta primera página de historia de la Congregación que cuando se vivió y muchos años después, ha quedado en el secreto de Dios y de nuestras almas (Nuestra Madre y yo). […] Día 25 de abril de 1938. Nuestra Madre (María del Carmen Hidalgo de Caviedes y Gómez) hizo ejercicios espirituales en orden a encajar su vocación religiosa y expresó en unos apuntes cuanto sentía ser exigencia de Dios sobre su alma. Ese día 25 de Abril, al finalizarlos, me leyó lo que había anotado y terminó diciéndome: «Padre; esto no existe ¿verdad?’ Yo había escuchado con emoción inenarrable, porque cuanto expresaba era un mismo sentir con lo que yo barruntaba hace tiempo como ideal de futura fundación. Quedé callado y al fin le dije: ‘Hija mía, todo esto es de Dios. Ciertamente no existe, pero existirá’. Recuerdo perfectamente que entonces se arrodilló ante mi y dijo: ‘Padre, ahora vamos a comprometernos a llevar a cabo éso que Dios quiere, hasta el final, a costa de lo que sea’.

Aquel día veinticinco de abril de 1938 ambos se comprometieron a llevar adelante lo que empezó llamándose Obra sacerdotal y, con el paso del tiempo y tras innumerables dificultades y peripecias, Congregación de Hermanas Oblatas de Cristo Sacerdote.

“El Padre” (así denominaban a D. José María) continuó su intenso ministerio en la clandestinidad, entre los peligros de aquella situación de persecución religiosa. Arriesgó su vida varias veces por confesar su condición de sacerdote y, en todo momento, mostró un celo infatigable por sostener el temple espiritual del clero y de los seminaristas. Así, terminada la contienda, pudo contemplar una diócesis con una estadística gloriosa de perseverancia sacerdotal, de entrega en el martirio y… un seminario a rebosar. Mientras tanto, “su obra” iba consolidándose calladamente. 

Aquella obra debería ser en la tierra la prolongación ininterrumpida de la plegaria sacerdotal de Cristo por ellos y por cuantos creerán por la palabra de ellos… para que sean santos,… para que sean uno (Jn17,19-21). Fines que quedarán sintetizados en el lema de la Congregación: Pro eis et pro Ecclesia. Después de unos primeros años en que hubo que luchar, sufrir, y sobre todo orar, la “Obra” fue recibiendo las distintas aprobaciones y decretos: Pía Unión el 12 de septiembre de 1944; Congregación de derecho diocesano el 31 de mayo de 1950 ya con el nombre de Hermanas oblatas de Cristo Sacerdote y Congregación de derecho pontificio el 24 de enero de 1967. En 1984, en esta misma fecha se recibió la aprobación definitiva de las Constituciones adaptadas al nuevo Código de Derecho Canónico.

Al final de su vida, el 25 de marzo de 1982, en su Diario espiritual, se siente movido, en uno de esos impulsos amorosos y agradecidos que caracterizaban su piedad a consagrar su congregación: “Mi Cristo, Sacerdote-Víctima, en esta fiesta, tan única, en que Tú, Verbo Eterno del Padre, Te encarnaste para ser su  Cristo, Sacerdote-Víctima, Te consagro, de una vez para siempre, mi  amadísima Congregación de ‘Hermanas Oblatas de Cristo Sacerdote’. Que sea toda tuya, sólo tuya y siempre tuya. […]”.

Como pastor bueno, ministro del Buen Pastor, D. José María iba por delante dando ejemplo de lo que predicaba. Siempre buscó el sentir con la Iglesia. Se mostró plenamente dócil y disponible ante cualquier indicación de la Jerarquía. Su norma era: Nada pedir; nada rehusar. Con sencilla actitud aceptó los distintos nombramientos que le fueron llegando: Vicario General de Religiosas en 1948; Obispo Auxiliar de Madrid-Alcalá en 1950. La reacción general ante su nombramiento fue de alegría por parte del clero diocesano. Es en este año, 1950, cuando tiene lugar la primera celebración diocesana del Día de la santificación sacerdotal que él tanto deseaba. Su consagración episcopal se celebró en el templo de San Francisco el Grande. Su lema episcopal “Anima mea pro ovibus meis” (Mi vida por mis ovejas) expresa su íntimo deseo: dar la vida por la Iglesia desde el corazón del Buen Pastor, desde el corazón de Cristo Sacerdote. Continuó con el cargo de Visitador de religiosas a las que siempre dedicó una delicada atención.

De su etapa de obispo auxiliar habría que destacar sus relaciones con el Sr. Patriarca en las que sobresalen la sencillez, la obediencia y la humildad. Tenía la costumbre de poner en conocimiento del prelado, por escrito, todos y cada uno de los asuntos de gobierno de la diócesis que a él competían. Le escribe en una carta: “Es que no quiero dar un paso sin conocimiento ni aprobación de V.E., ya que, al ser mi superior, sé que de esta manera todos mis pasos son del agrado del Señor”.

En 1962 representó a los obispos españoles en la inauguración del monumento a los mártires de Nagasaki. Cuando en 1963 falleció el Sr. Patriarca-Obispo de Madrid-Alcalá, Don Leopoldo Eijo Garay, el Cabildo Catedral le eligió por unanimidad Vicario Capitular Sede Vacante. Fueron unos meses intensos en los que pesaron sobre él todos los problemas de la diócesis. Aunque eran muchos los que esperaban que fuera él el escogido para regir la diócesis de Madrid-Alcalá, con gran alegría anunció el nombramiento del primer Arzobispo, Monseñor Casimiro Morcillo, condiscípulo y amigo para quien pidió fervientes oraciones por el fruto espiritual de su pontificado.

Fue nombrado Obispo de Huelva el 7 de julio de 1964. Con su sencillez y amor a la Virgen se ganó enseguida a todos. Lo primero que se propuso fue conocer y darse a conocer, sobre todo a sus sacerdotes y para ello, organizó tandas de ejercicios dirigidas por él mismo, en las que los fue conociendo y tratando dando paso a la confianza filial que él esperaba. Antes de que tuviera lugar la Clausura del Concilio Vaticano II procedió a la estructuración pastoral de la Curia y de la Diócesis tal como la Asamblea Ecuménica propiciaba y en 1967
convocaba a la Constitución del Consejo Presbiteral Diocésano. Su obra más querida fue su Seminario. El primer Obispo de la diócesis de Huelva, Don Pedro Cantero había construido el edificio e iniciado su marcha, pero fue Don José María quien le dio forma seleccionando y escogiendo un buen equipo de formadores a los que les dio plena responsabilidad y confianza en su hacer, estudiando y compartiendo con ellos como Rector del Seminario todos sus problemas, incluso en casos personales frecuentes en aquellos años en que empezaba la agitación del posconcilio. Su visita pastoral llegó a todos los rincones de la diócesis, incluidas las minas de Tharsis y Río Tinto, y los pescadores, con los que se embarcó en dos ocasiones y navegó hasta Dakar y Terranova para compartir con ellos su propia vida en alta mar. Buen conocedor de este sector de la población hizo nacer y apoyó constantemente la obra del Apostolado del Mar, y la Conferencia Episcopal Española le nombró Obispo promotor de la misma. Conoció y se dejó conocer de sus ovejas en los cinco años de intenso ministerio pastoral en que logró hacer con su pueblo una auténtica familia. Se dio a todos, siempre y sin reservas, porque su gran tesoro –todos lo reconocen– fue su corazón.

Al dejar Huelva, el alcalde, invitaba al pueblo al acto de despedida oficial diciendo: “Huelva tiene una cita con este santo hombre que se nos marcha”. Y el pueblo, agradecido, acudió a la cita porque algo muy suyo se les marcaba.

En plena madurez episcopal es nombrado Arzobispo de Valencia. Publicado su nombramiento el día 1 de julio de 1969, hizo su entrada en la Archidiócesis el sábado 6 de septiembre del mismo año. Al igual que en Madrid y Huelva se supo ganar al pueblo con su palabra sencilla y fervorosa, sobre todo cuando hablaba de la Virgen. El día de su entrada, su primera visita fue a la Virgen de los Desamparados a la que dirigió una espontánea oración en la que ponía su persona y su pontificado bajo su amparo. Durante su pontificado tuvieron lugar dos acontecimientos que se corresponden muy bien tanto con la doble característica de la piedad valenciana –eucarística y mariana– como con la espiritualidad de Don José María: el VIII Congreso Eucarístico Nacional en 1972 y el cincuentenario de la Coronación Canónica de Nuestra Señora de los Desamparados en 1973. También es de destacar la fundación de la Facultad de Teología de “San Vicente Ferrer”. Como siempre se destacó por su amor y desvelo por los sacerdotes y seminaristas. Dirigía personalmente retiros y convivencias así como los ejercicios espirituales de los que iban a ser ordenados. Solía recibir a los seminaristas y mantener contactos personales con ellos, contactos sinceros y afables que acortaban distancias y fomentaban una comunicación franca y verdadera. Pero también en Valencia, como en ningún sitio, no le faltaron sufrimientos y quizá el mayor fue el de la secularización de sus sacerdotes en los años de posconcilio a los que trataba con gran caridad y afecto, ayudándoles en todas sus necesidades.

Se hizo presente en toda la diócesis y realizó dos veces la visita pastoral. En su afán de llegar a todos emprendió un agotador viaje a América para visitar a los sacerdotes valencianos misioneros en el que tuvo un primer aviso de su  enfermedad con una subida de tensión. En Valencia, celebró Don José María tres efemérides importantes de su vida:
– En 1975 sus Bodas de Plata episcopales, motivo que llevó al Arzobispado a publicar sus documentos pastorales con el título Selección de escritos.
– En 1976 sus Bodas de Oro Sacerdotales publicando el precioso opúsculo Piedad Sacerdotal. Las prácticas de Piedad en la vida del sacerdote, comentario al nº18 del Decreto “Sobre el ministerio y vida de los presbíteros” del Concilio Vaticano II.
– En 1978 sus Bodas de Diamante como cristiano (75 aniversario de su bautismo) que solemnizó con su carta pastoral “El don divino de la fe”.

Durante su pontificado en Valencia, tuvo lugar la aprobación de la fiesta litúrgica de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote el 22 de agosto de 1973. Los primeros pasos de este acontecimiento tan largamente preparado e insistentemente solicitado se remontan a 1950, en que con motivo de un viaje a Roma, él, junto con la Madre Fundadora Madre María del Carmen Hidalgo de Caviedes y Gómez solicitaron a S. S. el Papa Pio XII la gracia de poder celebrar todos los años, el día 25 de abril, aniversario de la fundación de la Congregación, en todos los monasterios la liturgia propia de la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. La Santa Sede concedió este privilegio a la Congregación en un rescripto de fecha 25 de junio de 1952. El interés por la fiesta se iba propagando y extendiendo entre muchos sacerdotes. En noviembre de 1954, Don José María García Lahiguera propuso a la Congregación de San Pedro Apóstol de Madrid que se adhiriera para elevar a la Santa Sede la petición de la institución de la fiesta litúrgica y el 31 de mayo de 1956 se envió toda la documentación a la Sagrada Congregación de Ritos. Aunque el asunto parece que entonces se paraliza Don José María no pierde ocasión para insistir en su propósito y al abrirse el Concilio Vaticano II en el que él mismo participó como Padre Conciliar, se dirige por escrito a la Comisión Conciliar de Liturgia e, incluso en la intervención que tuvo en el Aula Conciliar del esquema sobre los sacerdotes el 25 de octubre de 1965 –en la que habló de la responsabilidad de los obispos, de la dirección espiritual de los sacerdotes, de los ejercicios espirituales–, llegó a proponer ‘como monumento litúrgico del Concilio la institución de la Fiesta de Cristo Sacerdote’. Esta propuesta fue rubricada por 194 Padres Conciliares, de los cuales cinco eran Cardenales. En principio la propuesta no prosperó, pero como la Instrucción para la aplicación de la Constitución Conciliar sobre la Sagrada Liturgia de 24 de junio de 1970 permitía a las congregaciones religiosas solicitar la aprobación de los textos litúrgicos de su Titular, se elaboraron los textos para la Misa y la Liturgia de las Horas de Cristo Sacerdote, que fueron aprobadas por la Sagrada Congregación para el Culto Divino por rescripto de 21 de diciembre de 1971. En abril de 1972, Mons. José María García Lahiguera remitió los textos a todos los obispos españoles proponiéndoles que sea todo el episcopado español el que solicite la inserción de dicha fiesta en el calendario litúrgico nacional. Por fin el 5 de julio de 1973 la asamblea plenaria de la Conferencia Episcopal Española, después de mucho trabajo, sufrimiento y sobre todo oración suplicante y confiada por parte de Don José María, aprobó la petición a la Santa Sede, que fijó su inserción con fecha 22 de agosto de 1973, fijando su celebración en el jueves siguiente a la solemnidad de Pentecostés. En su deseo de que llegara a ser fiesta universal interesó a muchos obispos de América latina para que también sus naciones la solicitasen a la Santa Sede y actualmente son varias las naciones que la celebran.

El ritmo de vida que se impuso a lo largo de toda su vida acabó con su fortaleza física y al fin, cayó enfermo por una trombosis cerebral el 14 de febrero de 1974 después de haber sufrido un grave disgusto en la audiencia de la mañana. Aunque se recuperó, quedó ya marcado por la enfermedad que iría minando su robusta naturaleza. Su exigencia de fidelidad al ministerio encomendado le forzó hasta el agotamiento sin perder nunca el aire amable de escucha y hasta de agradable broma. Cumplidos los setenta y cinco años de edad presentó a la Santa Sede su dimisión que fue aceptada.

Tras la aceptación de su renuncia por la Santa Sede, Don José María regresó a Madrid, donde al fin podría encontrar su alma el retiro tan anhelado y buscado aun en medio de sus trabajos apostólicos de sacerdote y obispo.

Ya podía dedicar, en intimidad ante el sagrario, horas y horas de oración y oblación al Padre por ‘ellos’ y por la Iglesia. Decía que sentía con más urgencia el peso de responsabilidad que le daba el ser obispo de la Iglesia universal, dignidad y servicio a los que no podía renunciar ni por edad ni por enfermedad. Su retiro no se convirtió en aislamiento y soledad, sino que eran muchos los hermanos en el episcopado, los sacerdotes, las religiosas y religiosos e incluso seglares que le visitaban y reclamaban su palabra llena de sabiduría y de paz. Mientras que tuvo fuerzas, aceptó las invitaciones que le llegaban de parroquias, asociaciones o grupos para dar conferencias, retiros e incluso alguna tanda de ejercicios a sacerdotes.

A pesar de su gran esfuerzo la enfermedad seguía avanzando y, el entorpecimiento de la palabra le obligó a dejar de predicar, lo que sin duda supuso para él una de las más grandes renuncias que aceptó como siempre con la mayor naturalidad y sencillez. Todo fue ya un lento morir en oblación callada y poco a poco, despojado de posibilidades pero sin perder nunca la paz y el gozo interior llegó hasta los últimos días de su existencia en que gustaba repetir: “Qué bueno es Dios, pero que bueno es Dios”. Recibió la Santa Unción dos veces con actitud sencilla de ofrenda al Señor y el 9 de julio fue el último día que pudo recibir la Eucaristía. El 14 de julio, a las 8,15 de la mañana, casi sin que nadie se diera cuenta entregó toda su ser al Dios Uno y Trino, por el amado hasta “morir de amor” como tantas veces había expresado en su Diario y Apuntes espirituales. La noticia de su fallecimiento convocó rápidamente junto a su cadáver a numerosos obispos, sacerdotes, religiosos y fieles que acudían a suplicar su intercesión ante Dios y a proclamar sus virtudes. Sus restos estuvieron expuestos durante tres días a la veneración de los fieles en la capilla de la Casa Madre de la Congregación de las HH. Oblatas de Cristo Sacerdote. Desde allí fueron trasladados a la Catedral de San Isidro donde se celebró la misa exequial presidida por el CardenalArzobispo, D. Angel Suquía y en la que concelebraron numerosos obispos y sacerdotes. Seguidamente, sus restos fueron inhumados en el presbiterio de la Capilla de la Casa Madre como él había pedido en su testamento.

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